El autobús
Manuel BellidoHacía tiempo que no me subía en un autobús. Ayer lo hice. Junto a mí alguien ojeaba el periódico, enfrente una señora leía el prospecto de un medicamento, mientras un chaval de cinco …
Igualdad mal entendida
No hay nada mejor que una buena dosis de realidad para valorar esa falda siempre planchada en tu armario o ese plato de comida en la mesa cuando llegas de trabajar a casa. Me explico. Vivo con mis padres -sí, aún- y como cada año, desde que me incorporé al maravilloso grupo de los que ‘levantamos el país’, cuando llega el verano me toca quedarme en casa y compartir estos meses estivales con mi hermano. Es en ese momento cuando descubrimos que la comida no llega sola al frigorífico, que el bombo de la ropa sucia no se vacía por sí sólo o que las gotas de agua del espejo del baño no se eliminan por arte de magia. Y como la costumbre hace ley, ni me gusta el frigorífico vacío, ni el bombo lleno, ni las gotas de agua en el espejo. Pero claro, no me gusta a mí. Me toca entonces compaginar el trabajo y mi adicción al mundo de los cursos con tareas a las que, lo confieso, el resto del año apenas le dedico tiempo, como pensar en la comida del día siguiente o retirar el polvo que a diario deja la obra del vecino en casa. Pienso entonces en mi madre, en todas esas madres y mujeres que este mes protagonizan Mujeremprendedora y que han sido capaces de conciliar su vida familiar y laboral desde el principio de los tiempos, sin apenas tener tiempo para ellas mismas. Y pienso en las mujeres de mi generación, aquellas que hemos crecido creyendo en la igualdad, que hemos ido a la Universidad en los noventa, cuando las mujeres ya ocupaban las aulas masivamente. Pero toda esa igualdad se sólo pura apariencia. Porque por muchas políticas de igualdad que existan lo cierto es que en España sólo el 1,45% de los hombres hace uso del derecho de compartir con la mujer el permiso de maternidad mientras que las mujeres dedican tres horas y media más al día a las laborales del hogar que los hombres. El cambio pendiente es pues la conciliación masculina, aunque mientras llega se necesita que el género femenino continuemos en la lucha, que avisemos que aquello de ser supermujeres ya ha tocado su fin. Ahora les toca conciliar a ellos.
La ética y la vida
Debo confesar que soy especialmente sensible con aquellas personas que colocan la ética por delante de sus vidas. Cuando alguien te dice que “lo más interesante que existe en la vida es construir la propia bondad” se te escapa una sonrisa y no tanto por la ingenuidad de la frase, que por cierto es de Javier Sádaba, sino porque hoy “ser bueno” no está de moda.
Parece que en nuestro entorno sólo triunfe lo contrario, o sea el escándalo, la mezquindad, el terror… Y sólo se rinda culto a todo lo que afea nuestra sociedad, sólo hace falta atender las noticias o asomarse al televisor para comprobar que triunfan la violencia y el materialismo por doquier, las películas que más se ven son thrillers, las noticias que venden son las que hablan de desgracias ajenas o de la vida estúpida de algunos “famosillos” que es casi lo mismo.
Por eso, cuando alguien habla de lo bueno que existe en todos nosotros, vale la pena escucharlo. Hace un par de semanas fallecía en la India uno de los miles de hombres buenos que nos dejan todos los días, mi paisano Vicente Ferrer, que se ha pasado la vida en Anantapur (India) ayudando a sociedades pobres para que puedan desarrollarse y mejorar su dignidad, casi ningún político de mi comunidad fue al funeral, ni tampoco se sortearon entradas para acompañarle, porque la noticia ya estaba “vendida” y no podía obtenerse mayor rentabilidad.
La verdad es que no se notó demasiado porque asistieron unas 200.000 personas anónimas para los medios, pero con mayor identidad personal que la mayoría de los que salen en ellos.
Las mujeres seguimos pensando desde aquí, en la India o en cualquier lugar del mundo, que no existe mayor compromiso que atender y sobre todo escuchar a la gente de nuestro lado, ya sea en el ámbito profesional, familiar o social; a nosotras no nos gustan las guerras, porque sólo con vivir tratando de ser feliz y mejorar el entorno ya representa suficiente conflicto, y no digamos tratar de explicar durante siglos a la sociedad empresarial que el talento no entiende de sexos y que no necesitamos cuota de igualdad, simplemente respeto y el derecho a ser tratadas igualmente en la carrera del talento, la promoción o la armonización salarial.
Seguramente el mayor reto al que deberemos enfrentarnos en estos meses venideros, al despertar de la somnolencia estival, sea volver a pelearnos con la crisis, yo sólo conozco un camino y tiene que ver con el trabajo. Pues me han enseñado que todo aquello que realmente vale la pena debe ganarse con cierto sudor, de la misma forma que hay que consumir de forma responsable, hay que aprender a desaprender y eliminar los falsos hábitos, olvidarse de lo superfluo, cuidar más la salud y sacarse de la cabeza “la vida fácil” porque nunca lo ha sido gratuitamente, pues siempre ha habido alguien sacrificado para que otros estén mejor y no sólo es cuestión de bondad sino de amor y compromiso.
No es nada agradable que casi cada familia española tenga un parado, pero al final, todos estaremos de acuerdo en que la felicidad igual que el talento hay que currárselo cada día.
El valor de estas mujeres
Gloria BellidoMuchos son los motivos por los que el papel de la mujer en la sociedad española se presenta todos los días como un tema de actualidad. Igualdad, discriminación, violencia de género son términos que pr&aa…
Un comentario sobre la gripe A
Manuel BellidoLas vacaciones han terminado. He viajado, desconectado, soñado, leído; he conocido a nuevas personas y he encontrado a viejos amigos, he disfrutado visitando ciudades en Estados Unidos y en nuestra vieja Europa. Tambié…
El genoma humano y el directivo
Ana Maria HerreroCuando hace años se supo sobre las investigaciones del genoma humano comenzó una cruzada de cifras relativas al número de genes que lo conformarían. Algunos daban una cifra en torno a los 300.000 genes…
Un mensaje en una botella
Hoy tengo la cabeza llena de levante. Bajo un cielo gaditano y sin arrugas, este océano conocido me llena como siempre de ingenuas sensaciones. Acaricio tu imagen en este horizonte salado y alimento ansias pescadoras. Suelto amarras y me adentro en las profundidades para robarle a Neptuno sus tesoros y hacerte un collar de conchas de colores. Serán estas olas de espuma blanca que hoy envuelven cuerpos de sirenas chispeantes y llenan mis bolsillos de sueños imposibles y palabras nuevas para volver a esta cita mensual y, con permiso, escribir otro nuevo fragmento de la vida que hoy, también, dedico a ti. Fue precisamente en esta playa donde hace muchos años mi padre con su timidez sabía y ocurrente me confesó que las mujeres eran Eva y uva, manzana y paraíso. Hoy, mirándote, descubría en ti un profundo silencio de miradas y viento alegre de retama. Eres la mujer de mis horas sombrías, que logra echar las sombras matizadas fuera de mi habitación, haciendo guardia a todas horas para velar el sueño de este inmóvil guerrero que, a veces, no sabe amar lo que tiene y no sabe no amar lo que desea, creyéndose un mago o un ángel inmortal.
Perfume áspero de naranjas amargas, ojos dulces de almendras selváticas, manos nómadas que acarician con calidez, espíritu denso como intenso es el aroma de un grano de café. Tú, que a veces no me crees, me enseñas cada día a creer siempre en mí. Contigo puedo ser un gran mago, comer fuego como un dragón, hacer sobre la cuerda el equilibrista y hacer tres saltos sin caer en la red, sacar del sombrero conejos blancos e inventar cada día números mágicos, meter la cabeza en la boca de un león, hacer de hombre invisible o de hombre bala en el cañón.
Sigue soplando levante, como un inmenso suspiro que se entremezcla con mis pensamientos. ¡Qué bonito sería naufragar contigo en playas de arena clara y sombra de palmeras! A pocos metros en la orilla mueren con las olas conchas vacías. Me acerco una caracola al oído y escucho en estéreo el rumor de este mar. Es como escuchar música antigua dentro de una gran Catedral.
Reabro los ojos en un despertar salado de mar. Es como cuando te despiertas de un sueño y, mientras te preguntan qué has soñado, ya se te ha olvidado. La escena que se había parado vuelve a cobrar vida: sombrillas de colores, toallas estampadas, padres que construyen castillos de arenas para sus hijos, abuelas que se embadurnan de crema protectoras, mujeres hermosas exponiendo sus cuerpos como girasoles, rumores y músicas de radios de frecuencia modulada y olor de sardinas asadas en el chiringuito de al lado. Siento el deseo de escribir un mensaje, esconderlo en una botella y lanzarlo al mar. A la mujer que llena de luz mis horas sombrías: Gracias.
Manuel Bellido
Un largo camino
No hay nada que hacer. Si en vacaciones queremos visitar algún sitio medianamente lejano, estamos obligados a coger el avión. En mi caso el miedo que siento cada vez que el avión despega o aterriza se ve eclipsado por mis ganas de viajar a sitios cuanto más lejanos mejor.
Y sin embargo, el viaje en sí no es lo peor para la mayoría de la gente. Largas y aburridas esperas en el aeropuerto, controles frustrantes y la tensión ante posibles retrasos o cancelaciones hacen que muchas veces el inicio de nuestras vacaciones nos provoque más estrés que el que hemos tenido que soportar durante todo el resto del año.
Por eso tengo que confesar que cambio sin dudarlo la rapidez del avión por un medio de transporte mucho más antiguo: lo tengo más que comprobado, viajar en tren es mucho más bonito.
Sientes como vas atravesando campos y montañas y vas pasando por pequeños pueblecitos o estaciones de grandes ciudades. De repente entras en un túnel y al salir descubres que el paisaje ya no es exactamente el mismo que dejaste atrás. Es increíble ver como muchas veces hasta el tiempo no es el mismo y aunque hayas entrado con lluvias, a la salida hay un espléndido sol.
Te sumes en una especie de adormecimiento mientras observas desde la ventana el campo y los árboles, escuchas las conversaciones de otros pasajeros, muchas veces en idiomas diferentes al tuyo, o cierras los ojos con la cabeza apoyada en el respaldo.
Poco a poco vas notando los cambios que se producen en la vista y eres consciente de las distancias. Porque muchas veces con la rapidez de los medios de transportes se nos olvida lo lejos que estamos de casa.
Es la sensación de viajar la que te acompaña y cuando llegas a un nuevo sitio te sientes más preparado para conocerlo de una manera más profunda.
Porque creo que es importante conocer el paraje donde está ubicado una ciudad o un pueblo para conocer mejor la historia y el carácter de sus habitantes, ya que ni siquiera en un mundo tan lleno de comodidades como el nuestro, es lo mismo vivir rodeado de verdes campos y colinas que en escarpadas montañas o secas llanuras.
Por todo eso, cuando ya me canso de mirar el paisaje y me pongo a pensar en mis cosas no puedo evitar recordar la metáfora que equipara la vida a un largo viaje.
Hay personas que sólo piensan en llegar a su meta de la manera más rápida y cómoda posible mientras que otros se marcan sus objetivos como una simple excusa para emprender el viaje. Esos son los que quieren que el trayecto sea lo más largo y estimulante posible pues saben que sólo si el viaje ha sido provechoso podrán apreciar haber llegado hasta el final.
Si ya el resto del año es ajetreado y frenético no permitáis que las prisas invadan también vuestras vacaciones. Disfrutad de cada momento y aprended de cada cosa y persona que os encontréis en el camino. ¡Buen viaje!
Gloria Bellido
Mujer tenía que ser
Lo confieso. Aparco rematadamente mal. Es un dato objetivo, y si no que se lo pregunten a cualquiera que me haya visto en dichos menesteres. Es un dato tan objetivo como que mi madre o mi mejor amiga serían capaces de aparcar un todoterreno en 15 segundos y con dos golpes de volante, o como que para mi padre la distancia de seguridad consiste en pegar el morro al culo del que le precede. ¿Qué quiero decir con esto? Que ya está bien de generalizar y sobre todo ya está bien de escuchar esa burla ofensiva e innecesaria de “mujer al volante, peligro constante”. Ya cansa, es más, aburre.
Porque el mito de la mujer como conductora ha llegado a un punto en el que ha trascendido la categoría de falacia para convertirse en una verdad de muy difícil comprobación, una verdad que muchos dan por cierta a base de repetirse hasta la saciedad. Y mientras tanto las aseguradoras de turno se empeñan en publicar estudios e informes comparando las actitudes de hombres y mujeres al volante y obteniendo conclusiones, fácilmente rebatibles, del tipo: “el 82% de los accidentes mortales están causados por un hombre” o “por cada mujer que rebasa la velocidad máxima en autovía hay dos hombre que hacen lo mismo”. Aunque interpretar estos datos sin tener en cuenta otros factores imposibles de medir sería como participar del juego de quienes dicen aquello de “mujer tenía que ser”, quizá deberían llevar al menos al género masculino a una profunda reflexión: ni nosotras conducimos tan mal, ni ellos tan bien. Y si no siempre me quedará la posibilidad de hacerme con uno de esos coches que anuncian en televisión y que según cuentan aparcan por sí solos. Así quizá no me manden los machitos de turno a lavar platos o invoquen a mi sagrada progenitora.
Isabel García
El genoma humano y el directivo
Cuando hace años se supo sobre las investigaciones del genoma humano comenzó una cruzada de cifras relativas al número de genes que lo conformarían. Algunos daban una cifra en torno a los 300.000 genes como mínimo, o…





