Conciliando y trabajando
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Consolas rosas
He de confesar que lo mío nunca han sido los videojuegos. Es más, aún recuerdo aquella Game Boy y su Tetris, ésa que después de diez fases encajando piezas de diferentes formas dejaba sobre la mesa, cansada de perder el tiempo con el aparatito. Tan sólo consistía en demostrar a mi hermano, más que hábil en estas lides, que yo también era capaz de unir piececitas. Y con diez fases creo que ya estaba más que demostrado. Hoy recuerdo este Tetris y hasta lo echo de menos cada vez que veo a mis sobrinas jugar con su consola, rosa por supuesto. No sé si es la Wii, la Brain Training, la Play Station, la Xbox,… de esto no entiendo y como se suele decir, a Dios gracias. Lo que sí sé es lo que ven en esas pantallitas en la que les enseñan a maquillarse o a cocinar, por no hablar cuando les ayudan a imaginar como «ser mamá», «ser cocinera», «ser animadora», «ser profesora»… Videojuegos que se dedican a trasladar estereotipos sexistas a los juegos y que las niñas asimilan como pauta adecuada. Porque, no olvidemos, las niñas y niños como aprenden es jugando.
Pero, ¿de quién es realmente la culpa de la existencia de unos videojuegos que han vendido millones de unidades en todo el mundo? ¿De la industria? ¿O de los adultos que al fin y al cabo somos los responsables de lo que permitimos o dejamos de permitir que llegue a nuestros hijos? Ah, no. La culpa es de la empresa por hacerlos y distribuirlos. Así es más fácil, ¿no?
Isabel García
Conciliando y trabajando
Durante estos últimos años, se habla mucho sobre conciliación, pero a menudo, se profundiza poco en las dificultades que existen para implantar un modelo que mejore nuestra calidad de vida, sin por ello limitar nuestra progresión profesional. Significa una realidad creciente en el último decenio la incorporación decisiva de la mujer en el mundo del trabajo, demostrándose la profesionalidad del colectivo femenino, que ya era evidente, creando al mismo tiempo un escenario distinto en el mundo laboral, que analizaremos, aunque sea sólo de soslayo, posicionándome frente a temas tan controvertidos, como podría ser hablar de conciliación en épocas de crisis.
De entrada, quizás a alguien le pueda extrañar -a mí nada por supuesto- que dentro de las bolsas actuales de paro, por primera vez en la historia, hayan más hombres que mujeres, y esto no es casualidad, como tampoco lo es el hecho de que las mejores cualificaciones universitarias las obtengan las mujeres y que cada vez hayan más empresarias preparadas para liderar sus proyectos empresariales. No obstante, los temas de conciliación siguen creando aristas en una sociedad que sigue alineando las obligaciones familiares al rol puramente femenino. Incluso la administración, supongo que con la mejor intención, ha contribuido, en mi opinión desafortunadamente, a interpretar la conciliación familiar con una visión proteccionista, como con la medida de la reducción de jornada hasta que el hijo tiene 8 años, que habitualmente es sólo aceptada por la mujer. A la larga, incluso, puede frenar la contratación de mujeres, y lo más importante es que muchas mujeres deberán elegir entre limitar en parte su plan de carrera o en su caso organizarse muy bien su vida familiar con la profesional para conseguir sus objetivos, o lo que sería deseable, compartir las tareas familiares con sus parejas y con ello sentirse libre en la elección de tiempos profesionales, familiares, y personales. Volviendo a la conciliación, es legítimo que muchos jóvenes quieran entender el trabajo como medio de subsistencia, y no como dedicación vital, ya que acceden al mercado después de muchos años de estudio y con pocas o ninguna perspectiva en su proyección y carrera profesional. Pero, por otra parte, el comienzo de nuestra vida profesional debería conllevar mayor esfuerzo en nuestros comienzos para un mejor aprendizaje, lo que requiere en muchos casos dedicarnos a mejorar nuestras carencias y a prepararnos más y mejor, y eso no siempre es compatible con una conciliación legítima de nuestro tiempo libre. Las nuevas generaciones criadas en la prosperidad chocan contra una situación de crisis, en momentos en que valores como el esfuerzo, la autoridad, la implicación y el compromiso se hacen necesarios para poder avanzar y competir con aquellos que sólo «cumplen». Parece que no hemos aprendido, que la elección de un trabajo, simplemente por la comodidad, horarios o cercanía al domicilio, puede devenir en una limitación profesional, especialmente cuando hay un curriculum por llenar y una suma de experiencias que tendrán un valor en el mercado, en función del conocimiento crítico de que se dispone. Las empresa quieren gente que aporte actitud. No sólo aptitud que se entiende obligatoria, que tenga implicación en los proyectos de su empresa, ganas de aprender, de crecer juntos, de asumir los retos de un mundo económico ambiguo pero sumamente competitivo a nivel global. No se puede ser mejor que los demás escatimando esfuerzos, la vida es una carrera atlética, en el que quien más entrena, se prepara y trabaja, se lleva el éxito final. La conciliación debe ser entendida como un compromiso de las parejas, de la familia, definiendo claramente el proyecto profesional de cada uno y actuando en consecuencia para atender las tareas y los familiares a nuestro cargo, pero cambiando un sistema cultural que debe avanzar y permitir que los hombres concilien sin ser discriminados en sus empresas, y no limitarlo a las mujeres con el consiguiente perjuicio en su elección y posterior dedicación profesional. Se trata de ver que hombres y mujeres formamos parte de nuestra sociedad y debemos compartir sus proyectos familiares, reparto de compromisos hogareños y elección de sus respectivos proyectos con libertad de elección.
Mª Ángeles Tejada
Buscando Andalucía
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