¿Un punto de inflexión?

En los últimos años el movimiento feminista ha ganado fuerza, sin duda. Tenemos un gobierno casi paritario, 11 mujeres y 12 hombres.  Por el contrario, en el ámbito de la dirección empresarial,  la presencia femenina no ha conseguido avanzar tanto como esperábamos con la recuperación económica. El estudio anual que realizan EADA e ICSA sobre retribuciones nos indicaba que en 2008 la mujer ocupaba casi un 20% de los puestos directivos en España. Doce años después, el 16 %. ¿Por qué? Sabemos que la discriminación está presente en las empresas, sin embargo, hay otros factores que explican la persistente desigualdad de género en el entorno empresarial.

Desde  que se inició la crisis financiera del 2008, la mujer fue perdiendo representación. En tiempos de recesión prevalece el miedo y la inseguridad. La suma de los factores favorece la persistencia de modelos de liderazgo autoritarios y rígidos, que dificultan la conciliación dentro de las empresas. En ese contexto, las mujeres pierden más ya que sacrifican su tiempo en pos de la familia y el hogar.  De hecho, son ellas las que suelen reducir su jornada para cuidar de sus hijos, renunciando a parte de su salario.

Pero ahondando en la cuestión, existen más factores que explican la desigualdad y que hacen referencia a valores. Las mujeres suelen procurar un equilibrio entre trabajo y familia. El hombre piensa más en el prestigio y la remuneración. Tendremos, por tanto, que redefinir el concepto del éxito. ¿Habría que enseñar a las mujeres a ser tan ambiciosas y competitivas como los hombres o, contrariamente, deberíamos reeducar a los hombres a poner las relaciones y la calidad de vida entre sus objetivos?

La mayoría de las personas, obviamente también las mujeres, formamos estereotipos sobre una profesión, atendemos a modelos culturales preestablecidos. Cuando pensamos en un directivo  imaginamos a un hombre. El retrato del directivo con éxito en las empresas es el de la persona con más prestigio y dinero. Esa imagen es manifiestamente imperfecta. Un ejecutivo brillante debería responder a una persona con un sueldo justo, un trabajo de impacto, y una vida plena y saludable.

Nosotras hemos de facilitar ese cambio cultural. ¿Es posible? Ahí es precisamente donde el movimiento feminista puede ayudar al hombre a entender el cambio sin necesidad de buscar un enfrentamiento. Estudios de base científica han podido mostrar que a partir de un cierto nivel salarial, ganar más no aumenta la satisfacción laboral ni mejora el bienestar. En los países donde predominan los valores de la colaboración, la igualdad y la calidad de vida en contraposición al dinero y el poder son también los más ricos.

Nos enfrentamos a una situación inédita provocada por el COVID-19. Los datos muestran que hasta la irrupción de la pandemia, las diferencias salariales se reducían tímidamente al igual que mejoraba la presencia de la mujer en la dirección. La evolución del coronavirus abre un panorama de difícil pronóstico a estas alturas. Las crisis siempre perjudican a la mujer. La inseguridad y el miedo conducen a modelos de gestión anticuados. Esta crisis es diferente, podría significar un punto de inflexión, debería forzar un replanteamiento en el modelo de dirección y organización del trabajo. Las directivas suelen poseer un estilo de liderazgo más transformacional que no se basa en el mando y el control y sí en la confianza, la participación y la inspiración, fundamentales cuando uno tiene que liderar a distancia un entorno donde los equipos virtuales y el teletrabajo serán más habituales. Esperemos que sea una oportunidad para ganar terreno en la igualdad.

Aline Masuda

Investigadora y profesora de EADA Business School

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