María Zambrano, “una caja de música inédita”

Filósofa – “Primeramente quise ser una caja de música. Sin duda alguna me la habían regalado, y me pareció maravilloso que con solo levantar la tapa se oyese la música, pero sin preguntarle a nadie ya me di cuenta que yo no podía ser una caja de música, porque esa música por mucho que a mí me gustara no era mi música, que yo tendría que ser una caja de música inédita, de mi música, de la música que mis pasos, mis acciones…, y yo era una niña que no tenía remordimientos y aún sin ellos temía, o sabía, que una caja de música no podía ser […]”, así se expresaba María Zambrano en A modo de autobiografía. Su propia música, la que expresó a través de una intensa actividad intelectual, a pesar de las vicisitudes históricas y personales por las que atravesó y que supo derramar en sus numerosos libros.

María Zambrano es una de las andaluzas que más ha aportado a la cultura y a la filosofía en el último siglo. Nació en 1904, en la localidad de Vélez-Málaga. Es hija de unos padres maestros y esto se nota en su formación. Pronto se marchó de Andalucía y así comenzó una vida muy itinerante. Vivió primero en Madrid, después en Segovia, y vuelve a la capital de España para estudiar en la Universidad. Entre sus maestros en ese período universitario figuran nombres tan ilustres como los de Ortega y Gasset o el de Javier Zubiri.

Terminó siendo profesora auxiliar de la Cátedra de Metafísica y elaboró su tesis doctoral sobre Spinoza. Durante los años de la II República conoce y estrecha su amistad con Luis Cernuda, Rafael Dieste, Ramón Gaya, Miguel Hernández, Camilo José Cela o Arturo Serrano Plaja, a través de las Misiones Pedagógicas y de otras iniciativas culturales.

Al poco de comenzar la Guerra Civil se casa con el historiador Alfonso Rodríguez Aldave. A partir de ese momento, y a medida que la guerra avanza, la vida de María Zambrano se convierte en una cadena de exilios que la llevarán a París, Nueva York, La Habana, México, la Habana de nuevo. En 1964 se instaló en Roma donde alternó sus estancias con La Píese (Francia). Su salud se va deteriorando, pero su itinerario vital y geográfico sigue. Vivirá también en Ginebra. Allí le llegará el primer reconocimiento en España cuando es nombrada Hija Adoptiva del Principado de Asturias. Un año después, en 1981, se le concede el Premio Príncipe de Asturias. Después obtendrá el doctorado “Honoris Causa” por la Universidad de Málaga. En 1984 volvió a España y se instaló en Madrid. Allí recibió la noticia en 1988 de la concesión del Premio Cervantes. Falleció en 1991.

Su amplia bibliografía nos ha dejado su pensamiento y su conocimiento. Entre sus libros más destacados se encuentran La Agonía de Europa, Claros del Bosque, Delirio y destino, Filosofía y Poesía, Hacia un saber sobre el alma, El hombre y lo divino, Horizonte del liberalismo, Persona y Democracia, Senderos, Los sueños y el tiempo, y otros muchos. Una vida densa. “He aceptado siempre la verdad -escribió de ella  misma-, me lleve donde me lleve, me traiga lo que me traiga; entonces, mi autobiografía, ¿cuál podría ser?, pues todo, todo aquello que he dado y también lo que he querido dar y no he podido”.

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