Una actriz que creó una nueva forma de interpretar

Actriz francesa sin precedentes que rompió con la concepción del teatro de finales del siglo XIX transformando la interpretación, Sarah Bernhardt fue una mujer de arrolladora personalidad que fascinó, tanto dentro como fuera del escenario, a toda una sociedad.

Hija de cortesana parisina y padre desconocido, Rosine Bernardt, su verdadero nombre, nació en 1844 en París. La influencia que ejerció sobre ella la lengua bretona al pasar los cuatro primeros años de su vida en la región francesa de Bretaña, hizo que cambiara su apellido por Bernhardt. Buena parte de su infancia la transcurrió en el convento de Grands Champ, sitio que le confirió un importante sentimiento religioso. Tal y como ella misma aseguró en sus memorias “Mi doble vida”, «dotada de una imaginación vivísima y de una extremada sensibilidad, la leyenda cristiana cautivó mi corazón y mi espíritu. El hijo de Dios fue mi culto y la Virgen de los Dolores mi ideal». Fue allí mismo donde empezó a participar en las obras de teatro de la institución.

Con la edad de 15 años, uno de los clientes de la madre de la actriz y medio hermano de Napoleón III, el duque de Morny, ayudó a Bernhardt a ingresar en el Conservatorio de Música e Interpretación, hecho que efectivamente ocurrió el mismo año. El duque, además, permitió que la joven pudiera formar parte de la notable Comédie Française, donde debutó en 1862 con la obra Iphigénie de Jean Racine.

Fue en este período cuando conoció a Charles-Joseph Lamoral, príncipe de Ligne, del que quedó embarazada.  Sin embargo, este primer amor pronto quedó en el olvido ante la negativa de la familia de él, que no consentía un matrimonio entre un noble y una actriz. Bernhardt entonces tuvo que renunciar a su sueño de triunfar sobre los escenarios y dedicarse a la crianza de su hijo ejerciendo, al igual que su madre, de cortesana.

No obstante, y aunque dejó a un lado su pasión por el teatro, sus insistencia por vivir de él nunca desapareció del todo.  Esta obstinación dio al poco tiempo sus frutos. En 1867 llegó su debut en el Teatro Odeón con la obra de Moliére, Les femmes savantes. Dos años más tarde, su actuación en Le Passant, otorgó a la actriz un éxito rotundo  que desde entonces solo iría en aumento.

Su fama fue interrumpida ante el estallido de la guerra franco-prusiana, en la que Sarah colaboró como enfermera en teatros transformados en hospitales. Al término de esta, muchos exiliados retornaron a su patria, entre ellos, Víctor Hugo. Este quedó prendado del talento de Bernhardt, convirtiéndola en musa y actriz protagonista de sus obras.

Si bien sufría de un miedo escénico que le provocaría ciertos altibajos en su carrera profesional, la popularidad y prestigio crecientes le abrieron a la artista las puertas al mundo para dar a conocer más allá de tierra francesa su don de la interpretación. Estados Unidos, Egipto o Inglaterra fueron solo algunos de los países que visitó causando a su paso una gran admiración entre los espectadores que la contemplaban embelesados.

La asombrosa maestría que tenía Sarah a la hora de actuar fue lo que le llevó a la cima del triunfo. Supo diferenciarse del resto de actrices de la época, todas ellas caracterizadas por unos patrones interpretativos rígidos y sobreactuados. Bernhardt, sin embargo, se alejó de todo eso para apoyarse en una mayor naturalidad, atrayendo al público con una humanidad que desprendía en sus funciones teatrales.

Además de dedicarse a otras disciplinas, como la escultura, la vedette se convirtió también en la primera empresaria del mundo del espectáculo. Se encargó de tramitar y dirigir varias producciones de diferentes teatros de París.

La reconocida intérprete fue conocida, asimismo, por sus extravagancias que ella mismo confesó en sus memorias. Por ejemplo, disponía de un zoológico privado que contaba con una variopinta diversidad de animales, entre ellos cocodrilos y leones. No obstante, su manía más extraña fue la de aprenderse sus papeles y dormir en un ataúd que ella misma mandó confeccionar con todo tipo de lujos.

A pesar de que tuvieron que amputarle una pierna a causa de un accidente sufrido de niña que le afectó a la rodilla, provocando el declive de su trayectoria, Sarah nunca dejó las tablas hasta su muerte en 1923, tras un desmayo sufrido durante el ensayo de una escena de La Voyante. Más de cien mil personas acudieron a su funeral para despedirse de la que ha sido recordada como la actriz que supo renovar y ennoblecer el arte dramático.- Alicia Cruz Acal

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