Tula Gómez de Avellaneda y su pasión arrolladora para plasmar el amor, la virtud y la ética en su literatura romántica

Por su extraordinario talento y talante destacó en un mundo de hombres, pasando a la historia como una autora radical y feminista en honor a la libertad de su pensamiento

Durante siglos, la isla de Cuba formó parte de la historia colonial de España y fue escenario, en 1814, del nacimiento de María Gertrudis de los Dolores Gómez de Avellaneda y Artega, hija de un oficial naval español procedente del municipio sevillano de Constantina de la Sierra y de una lugareña con antepasados vascos y canarios. De esta mezcla surgió un talento desbordante para la literatura, marcado por una personalidad temperamental, arrolladora, dos cualidades que la acompañarían siempre en su vida y en su obra.

Su temprana creatividad e imaginación la llevaron a escribir relatos desde la infancia, además de interpretarlos, algo que generó temor entre sus allegados y hubo un tiempo en el que la lectura le fue vetada. Ante dicha prohibición, comenzó a crear sus propios textos. Con 22 años llega a Sevilla con su familia y, a partir de este momento, consigue hacerse un hueco en el panorama literario español, en sus facetas de poetisa, novelista y dramaturga.

De su obra dicen que es exponente del romanticismo español, un movimiento que en este país osciló en la más pura discordancia, entre las ideas revolucionarias y el retorno a la tradición más católica. Ambos puntos se dan cita en la obra de Tula, como era conocida en sus círculos íntimos, como así se refleja en su poema Las Contradicciones: No encuentro paz ni me permiten guerra; De fuego devorado sufro el frío; Abrazo un mundo, y quédome vacío; Me lanzo al cielo, y préndeme la tierra; Ni libre soy, ni la prisión me encierra; veo sin luz, sin voz hablar ansío; temo sin esperar, sin placer río; nada me da valor, nada me aterra. Busco el peligro cuando auxilio imploro; al sentirme morir me encuentro fuerte; Valiente pienso ser, y débil lloro.

Su vida personal fue tumultuosa, en la que dejaron impronta amores imposibles, fallidos, matrimonios cortos y la muerte prematura por enfermedad de su única hija. Episodios todos que dejaron una huella innegable en su obra, pero no los únicos. Sus pensamientos feministas, adelantados a su época, cobran vida en dos de sus novelas más reconocidas.

La primera de ellas, Sab, es una denuncia a la esclavitud, que bien pudo observar en la Cuba de su infancia, donde había alrededor de 400.000 esclavos, pero también era una crítica a las clases sociales y una lucha por un amor no correspondido. En ella compara la esclavitud con la falta de autonomía de la mujer, pues uno de sus personajes afirmaba que “el esclavo al menos puede cambiar de amo, esperar que juntando oro comprará algún día su libertad, pero la mujer cuando levanta sus manos enflaquecidas y su frente ultrajada para pedir libertad, oye al monstruo de voz sepulcral que le grita: en la tumba”.

En Dos Mujeres cuenta la historia de dos jóvenes que, pese a tener ideas y vidas opuestas, no pueden escapar a las imposiciones sociales sobre el género femenino. En medio de sus vivencias, el libro recoge una defensa al divorcio para uniones que fracasan, un tema polémico entonces.

Su concepción feminista de la vida le lleva a fundar en Cuba, durante los años que volvió a la isla, la revista Álbum cubano de lo bueno y lo bello, editada entre 1859 y 1863, donde incluía textos que exaltaban la capacidad de las mujeres para desempeñar con éxito papeles sociales. También publicó un ensayo llamado La mujer en el que reclamaba el derecho del sexo débil de formar parte de la vida pública e intelectual del momento. Años antes, aún en Madrid, Tula fue propuesta para ingresar en la Real Academia Española, pero no lo consiguió solo por el hecho de ser mujer, como ocurrió más tarde con Emilia Pardo Bazán. Tuvo que transcurrir más de un siglo hasta que la primera fémina, Carmen Conde, se incorporara a la institución.

En cuanto a su obra dramática, destacan dos publicaciones, Saúl y Baltasar, que son a su vez un espejo de la evolución de su pensamiento y de los dos distintos aspectos del romanticismo: de la rebeldía al hastío vital. Murió antes de cumplir 60 y pidió ser enterrada en el cementerio de San Fernando de Sevilla, donde descansa junto a los restos de su familia. Sin duda, su vida responde fielmente al dicho genio y figura hasta la sepultura.

Isabel Bermejo

Periodista y Consultora de Comunicación

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