Vocación tecnológica para ser emprendedora

Soy mujer, colombiana, uruguaya, estadounidense, española, valenciana… Soy genética y soy, especialmente, el fruto de las circunstancias que me han acompañado y que han moldeado mi carácter, que han forjado mi forma de ver y entender el mundo. Una cosmovisión que siempre tamizada por la educación, en el sentido de la socialización, y por la formación. Como la inmensa mayoría de nosotras, no he tenido la suerte de haber crecido en una cuna con sábanas de seda, pero sí el privilegio de haber heredado el carácter emprendedor, aventurero y luchador de mi padre, un cántabro marino mercante que sufrió las inclemencias de la guerra, la persecución y la reclusión. Mi padre se casó en Colombia con una mujer con carácter. Es el segundo máster genético que llevaba debajo del brazo el día que nací. Me crie entre Uruguay y en esa Colombia de mil colores, en cuya proyección internacional por desgracia ha primado la realidad en blanco y negro, los tonos del narcotráfico. Tuve que madurar rápido, crecer de golpe, como es norma común en aquella latitud.

Trabajé en multinacionales como Toyota, Panasonic o Hertz.  He trabajado en departamentos de marketing comercial de diferentes sectores desde el automovilístico hasta el de la cosmética y la medicina. Y he conocido el mercado laboral de muchos países. Regrese a España con 25 años, después de una intensa etapa de trabajo en América. Y en mi periplo, hasta fui directiva de un casino, un puesto cuyo perfil resultaba insólito para una mujer y menos para alguien no curtida en matemáticas y algoritmos. No era técnica, pero sí tecnológica. Lo primero se acredita con títulos; lo segundo, con hechos. En mi maleta siempre ha habido espacio para el espíritu autodidacta y la pasión por la tecnología, más allá de tener “una base decente” de estudios, como me gusta contestar cuando se me ha preguntado por títulos en mi haber.

Vaya por delante que respeto y admiro al mundo académico, estudiantes y profesores que impulsan la ciencia y el conocimiento, y generosamente lo intercambian. El conocimiento es la base de la ciencia y la ciencia aplicada es tecnología. Simplemente reivindico la vocación tecnológica y la capacidad de generar tecnología sin tener una formación técnica. En el ADN de la tecnología está, además de la formación, el espíritu emprendedor. Así lo entiendo y, desde esos principios, milito en la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT).

Emprendimiento y tecnología son horizonte y son futuro. Cualquier otra visión reduccionista encorseta los avances tecnológicos y conduce a la tecnocracia. La tecnología es justo lo contrario; es democracia, es mejorar la vida de las personas y darles instrumentos para que puedan decidir el itinerario de su propio camino, personal o laboralmente.

Desde ese convencimiento puse en marcha la startup Biogroup Soluciones de desarrollos tecnológicos para el sector sanitario. En pocos años hemos recorrido un largo y complicado trecho, no exento de obstáculos. Los habituales y los extras por ser mujer. Contamos con un potente equipo de ingenieros e ingenieras sobradamente capacitados, expertos de todas las especialidades médicas en las que nos adentramos y especialistas en el desarrollo de innovaciones tecnológicas. Dirijo un gran equipo, con un departamento de I+D puntero. Personas con gran capacitación técnica. No es mi caso. Soy tecnóloga. No tengo formación técnica, tengo ambición técnica, soy tecnóloga. Procuro cultivar la imaginación y el sentido común como directora de esta, por así decirlo, orquesta. Y siento una honda admiración y gratitud hacia todos y cada uno de los músicos.

Albané Pérez-Imaz

Mujer y CEO de Biogroup Soluciones

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